El alma tras lo abstracto: del cuadro decorativo a la revelación de la propia identidad

Como objeto decorativo, los cuadros abstractos se adaptan a cada espectador de un modo realmente único. Sin embargo, como elemento humano, éstos establecen un bello nexo de unión con nuestra psique. Una ventana que da luz al laberinto de nuestro cerebro para que descubramos el fondo de todo cuanto somos. Es decir: nuestro propio significado.

El arte como testimonio del alma

La pintura es una de las expresiones más antiguas del ser humano que se conocen. A través de los pigmentos, el paso evolutivo humano en sus muchas etapas primitivas y filosóficas ha querido testimoniar y fijar su experiencia para la posteridad. Desde las pinturas rupestres hasta el arte contemporáneo, cada época ha erigido un templo cuyas disciplinas nos han servido para drenar la mente y plasmar nuestro universo en los nunca limitados márgenes del lienzo. Siempre, en una suerte de trazos que, por la densidad de su pintura o la fuerza e intensidad con la que fueron ejercidos, exponen a su vez el ánimo y el talante del artista en una ventana distinta que da a su identidad.

Sin embargo, la industrialización y la democratización del arte ha acarreado cierto grado de infoxicación y mala praxis en su labor por difundir el arte. Donde encontramos la efectividad de los cuadros impresos, si bien de agradecer por su facilidad creativa y expansiva, como una sucesión de copias que restan valor a la mano alzada. Por el contrario, los cuadros abstractos pintados a mano, tomando como referencia dicho movimiento por su capacidad de amoldarse a múltiples puntos de vista, son tanto un exquisito elemento decorativo como un objeto exclusivo de contemplación. Pero, ¿qué tiene de especial exponer este tipo de cuadros en la oficina o el hogar?

El nexo abstracto: exposición de un multiverso

A pesar de que algunos no lleguen a apreciar el trasfondo que se hermetiza tras la morfología cromática de un cuadro abstracto, la realidad es que la abstracción tiene que ver con nuestra mente mucho más de lo que creemos. A grandes rasgos, la misma acción que sugiere el verbo en el proceso de abstracción se fundamenta en aislar la cualidad de un elemento y, por ende, excluyendo al resto. La razón por la que se escoge un resorte de expresión u otro, obedece ya al raciocinio y la psicología propia de cada artista. Sin embargo, existe un bello espacio de conexión mediante el que obra y espectador se funden en un significado que sólo una de las partes conoce.

En ese sentido, mientras que el artista, hasta cierto punto, es capaz de controlar y calibrar qué magia se permite verter sobre el lienzo, el espectador se sitúa ante un portal cuyo contenido debe intuir o adivinar. Y, justamente, es ahí donde está el meollo de la abstracción. Un estímulo que tanto nos obliga a tratar de revelar la mente de su creador como a descubrir nuestra psique en el trazo ajeno. A todas luces, la formación de una extraña empatía que encarna nuestro juicio previo por positivar así el a veces peyorativo término prejuicio sobre el artista, pero también sobre nosotros mismos. De nuevo, ese nexo humano que sólo es capaz de fabricar el arte.

La abstracción decorativa: una obra que son muchas

Cuanto a su utilidad doméstica, la mayoría de individuos ha doblegado el arte a la decoración y el interiorismo. Pese a que se trata de un inmejorable ejercicio para introducir el arte en nuestra cotidianeidad más inmediata, una opción mediante la que ha proliferado la obra impresa mitigando el magnetismo de la textura del cuadro original. Aunque la aparente aleatoriedad de los relieves que configuran la apreciación textural pueda parecer consecuencia de su creación, la textura alberga mucho más. Por una parte, los rasgos únicos del artista en su concepción. Pero, por otra, la mutabilidad que permite la textura y que, por tanto, consigue que la obra sea siempre distinta.

Siguiendo en el plano utilitarista, esta realidad permite que la exposición de un cuadro abstracto como elemento decorativo tanto en la oficina como en casa sea capaz de conectar con todo tipo de individuos. Independientemente de su trasfondo artístico o no, su estado de ánimo o la esencia de su identidad, convirtiéndose en un objeto que, además de contrastar con sutileza en un espacio a menudo asténico, acoge un amplio abanico de impresiones. Además, admitiendo cualquier combinación cromática y morfológica, errática o no, mediante la que el cuadro en sí es capaz de hablarnos de un modo u otro en función de nuestro estado receptor.

Por lo tanto, y ya sin entrar en sesgos filosóficos, un objeto decorativo que es a su vez muchos más. Dado que su significado, por el hecho mismo de que su idea es abstracta, admite infinitos puntos de vista y reconsideraciones. De este modo, una inversión que cuenta además con el plus cualitativo de un óleo pintado a mano. Donde cada línea resigue no sólo en lienzo donde se extiende y fija, sino ese laberinto cerebral que nos contiene iluminando cada uno de sus recovecos para dar con el mayor y más sugestivo de los enigmas: nuestro propio significado.

Escrito por José Meléndez Guarniz.